Lo que hace valiosa a Venezuela ahora no es lo que produce. Son las rutas que no tiene que tomar.
Ormuz, la escasez de diésel y los planes de Chevron están dando otro significado a la conexión industrial entre Venezuela y Estados Unidos.
La crisis en Medio Oriente está volviendo más valioso algo que normalmente complica la vida de Venezuela: las características de su crudo pesado.
El Brent ya está en 100 dólares. Los ataques a instalaciones saudíes y las restricciones en Ormuz tienen al mercado global bajo presión.
Pero dentro de algunas refinerías de Texas está ocurriendo algo menos evidente. Las interrupciones están afectando el suministro de fuel oil pesado, que se utiliza para procesar residuos de otros combustibles.
Cuando hay problemas con esa materia prima, la refinería necesita otra forma de alimentar esas unidades. Y ahí aparece una oportunidad particular para el crudo venezolano.
Kpler señala que Merey puede ayudar a cubrir esa necesidad. Al procesarlo, la refinería obtiene una gran cantidad de material que antes tenía que comprar por separado. Parte de esa alimentación faltante ahora puede obtenerse del petróleo venezolano.
Al comienzo del proceso de refinación, el crudo suele separarse en fracciones. Algunas más ligeras que otras. Las más pesadas dejan un residuo espeso que todavía contiene hidrocarburos aprovechables, pero que requiere más procesamiento.
Las unidades de coquización, o cokers, reciben ese residuo. Usan calor para romper las moléculas pesadas y obtener corrientes más ligeras. Esas corrientes pasan luego por otros procesos hasta convertirse en combustibles.
Las refinerías de este tipo tienen una relación muy particular con el crudo pesado. Pueden extraer valor de una parte del barril que normalmente es difícil de utilizar.
La costa del Golfo tiene alrededor de 1,6 millones de barriles diarios de capacidad de coquización. Posee toda una infraestructura construida precisamente para procesar esa parte difícil del petróleo.
Por eso Merey puede ganar valor cuando desaparecen ciertas materias primas. Su densidad sí complica el transporte y las operaciones en Venezuela. Pero también permite alimentar este tipo de instalación.
Al final, el crudo sigue siendo el mismo. Lo que cambia es la forma en que el sistema puede aprovecharlo.
El sistema de refinación sigue allí
Las sanciones a Venezuela habían interrumpido una parte importante de su comercio. Pero las circunstancias están cambiando. Phillips 66 está retomando compras directas a PDVSA y recientemente recibió tres cargamentos asignados de Merey en julio.
Con 14 millones de barriles diarios, Estados Unidos se ha convertido en el mayor productor de petróleo del mundo. Eso no significa que pueda producir todos los tipos de crudo. Y de ahí viene precisamente el interés por Venezuela.
Para una instalación con capacidad de conversión de residuos, cambiar su suministro a crudo ligero también exige modificar parte de la planta. La decisión depende de los equipos que ya tiene, del precio del petróleo y de los productos que quiere fabricar.
Importar crudo pesado mientras se produce y exporta crudo ligero son operaciones que pueden complementarse dentro del mismo sistema industrial.
Al comienzo del año, los envíos a Estados Unidos rondaban los 300.000 barriles diarios. Para julio ya estaban cerca de 800.000.
Las refinerías que negocian directamente con PDVSA compiten ahora por el espacio abierto por los primeros flujos tras la reapertura.
El punto es que comprar un cargamento disponible resuelve una necesidad puntual. Construir una relación de compras recurrentes puede alimentar las refinerías de otra manera.
Mike Wirth ha buscado un mayor uso de crudo venezolano dentro de Chevron para competir con las alternativas de la región. Eso le da al crudo venezolano una ventaja estratégica frente a la opción pesada canadiense.
Una refinería puede buscar alternativas sin estar dispuesta a pagar cualquier precio. Para Venezuela, la oportunidad real es volver a convertirse en esa opción útil y confiable. La cercanía al Golfo ayuda, pero el comprador también necesita recibir la calidad acordada y confiar en los tiempos de entrega.
El petróleo no resuelve todo el problema
Justo cuando esa reconexión parecía ofrecer una respuesta a la crisis, aparece otra restricción dentro del sistema. El problema ya no es únicamente encontrar materia prima.
Phillips 66 señaló que muchas refinerías de la costa del Golfo ya operan prácticamente al máximo. Se acerca el invierno con poco diésel almacenado y una capacidad de procesamiento limitada.
Eso cambia el panorama. El petróleo tiene que pasar por una instalación antes de convertirse en combustible. Si esa instalación ya está sobrecargada, recibir más crudo no aumenta automáticamente la producción de diésel.
Parte de la respuesta puede estar en mejorar la mezcla que pasa por la planta. Otra parte, en sustituir la materia prima. Son formas de obtener más de los equipos existentes, aunque no necesariamente aumenten el volumen total.
Ahí aparece una oportunidad más específica. El valor del barril puede estar en lo que le permite hacer a la misma refinería.
Tener compradores interesados no equivale a encontrar demanda ilimitada para cualquier aumento de producción.
Y dentro de ese escenario, el movimiento de Chevron adquiere otra escala.
La apuesta de Chevron
Las empresas mixtas de Chevron planean invertir más de 7.000 millones de dólares en Venezuela durante cinco años. La idea es llevar la producción a 600.000 barriles diarios. Esta misma semana, la compañía confirmó que planea duplicar el número de taladros.
Chevron participa en la producción venezolana y también procesa los barriles en Mississippi. Conoce ambos extremos de esa relación industrial.
Eso le permite evaluar los recursos de una forma más sistémica. La pregunta sobre lo que ocurre en el campo termina conectándose con lo que sucede en sus propias instalaciones del Golfo.
Si añadimos el aumento del precio de los combustibles, el plan de Chevron es claramente una apuesta de largo plazo.
Una interrupción marítima puede alterar el mercado durante unos días. Recuperar producción exige contratar nuevos servicios, intervenir pozos y asegurarse de que las instalaciones puedan sostener ese aumento. La respuesta industrial toma mucho más tiempo.
Por otra parte, esos nuevos barriles que salen de Venezuela tienen que enfrentar otras restricciones físicas. El complejo de José sigue formando parte de esa cadena. Sus interrupciones constantes terminan afectando cuánto petróleo puede despacharse y con qué regularidad.
Una empresa puede estar planificando suministro para los próximos años mientras el mercado todavía intenta resolver una escasez estacional.
El valor comercial de esta nueva conexión puede aumentar mucho antes de que su capacidad física pueda responder.
El intercambio con la SPR
Trump también quiere posicionar el petróleo venezolano como parte de la reserva estratégica de Estados Unidos, conocida como Strategic Petroleum Reserve, o SPR. El problema sigue siendo que el crudo pesado venezolano no encaja con las especificaciones del petróleo almacenado allí.
El mismo barril que resulta atractivo para una refinería de alta complejidad puede ser inconveniente para una reserva. Las instalaciones son completamente distintas, tanto por sus objetivos como por sus requisitos.
Wright incluso ha propuesto un intercambio: crudo venezolano por petróleo ligero. Bajo ese esquema, el primero podría ir a refinación y el segundo sería ideal para almacenamiento estratégico.
Venezuela podría contribuir a la reserva sin que sus propios barriles terminen dentro de ella.
Ese giro importa porque cambia la forma de entender el acuerdo. Su utilidad no dependería únicamente de llevar petróleo venezolano directamente a ese lugar. Puede intercambiarse entre los propios participantes. Así, la refinería obtiene una materia prima que sabe exactamente cómo procesar y el gobierno recibe el tipo de crudo que puede almacenar con facilidad.
Todo sigue siendo una propuesta. Lo interesante es el intercambio. La posibilidad de convertir acceso a un tipo de petróleo en otro, usando el mismo mercado y la infraestructura existente.
Para Washington, la prioridad final es recuperar capacidad de respuesta ante una posible interrupción. Para una refinería, eso se traduce en obtener una mezcla rentable y confiable. Para un productor, consiste en desarrollar una fuente de ingresos que pueda sostenerlo durante años.
La posibilidad de reunir a todos estos actores dentro de una misma operación explica parte del peso estratégico que Venezuela está adquiriendo.
Al final, el interés por Venezuela no se reduce únicamente al potencial de sus reservas ni a las decisiones políticas tomadas sobre ellas.
Su valor nace precisamente de esas unidades que ahora necesitan materia prima, de los combustibles y de las rutas que ya dejaron de ser confiables.