El proyecto fácil fue el que se detuvo.
Trinidad necesita el gas para alimentar Atlantic LNG, sostener su industria petroquímica y aprovechar infraestructura que lleva años operando por debajo de su capacidad.
Aphrodite parecía un proyecto relativamente sencillo. Era otro desarrollo doméstico de Shell, justo frente a la costa de Trinidad. Las estimaciones situaban su aporte alrededor de 100 millones de pies cúbicos diarios y la decisión final de inversión ya se había tomado. Shell incluso tenía reservado el taladro para comenzar a perforar.
Pero esta semana el proyecto se cayó.
Al final, Shell no logró alcanzar un acuerdo con la empresa estatal trinitense NGC sobre las condiciones comerciales para vender el gas. Una vez tomada la decisión, Shell liberó el taladro y cerró el proyecto. El gas sigue allí, bajo el mar. La necesidad sigue allí. La infraestructura que podría consumirlo sigue allí, operando a media capacidad. Lo que nunca cerró fue la arquitectura comercial.
Los proyectos más complejos están avanzando
Mientras tanto, a pocos kilómetros del lado venezolano, proyectos mucho más complejos empiezan a moverse. Shell aseguró derechos sobre la primera fase de Loran. BP acaba de asumir como operador de la segunda fase junto con XRG de Abu Dhabi y UCC de Qatar. Aseguraron derechos sobre cuatro billones de pies cúbicos. El campo se conecta geológicamente con Manatee del lado de Trinidad y podría alimentar esa infraestructura durante años.
Hay algo aquí que no encaja fácilmente con las narrativas que solemos escuchar en los medios tradicionales.
Aphrodite está del lado de Trinidad. No exige cruzar una frontera internacional. No carga con la historia de sanciones, cambios políticos, disputas contractuales y deterioro institucional que ha atravesado Venezuela. Loran sí. Y, sin embargo, el proyecto que parecía más sencillo es el que acaba de detenerse, mientras empresas del Reino Unido, Emiratos Árabes Unidos y Qatar se posicionan en el proyecto vecino, más complicado.
Nada de esto significa que las condiciones en Venezuela mejoraron de la noche a la mañana. No significa que Loran vaya a comenzar a producir gas pronto ni que el proyecto ya esté completamente cerrado. Apunta a algo más incómodo: el riesgo de Venezuela puede seguir siendo alto mientras el costo de continuar esperando por su recuperación sigue aumentando.
“Después” no es una categoría neutral
Durante años, mirar el gas costa afuera de Venezuela llevaba a la misma conclusión: grandes reservas, buena ubicación, pero demasiado riesgo. Mejor dejar el proyecto para “después”. Pero ese “después” no es una categoría neutral.
Mientras Venezuela ahuyentaba oportunidades, Trinidad perdía producción doméstica. Atlantic LNG se quedó sin suficiente gas de alimentación y terminó retirando su primer tren de licuefacción. Al mismo tiempo, el mercado global cambió. Estados Unidos produce ahora volúmenes de gas sin precedentes, pero también exporta más LNG. Consume más electricidad y se prepara para una nueva ola de demanda industrial y digital. Las interrupciones desde Qatar y el riesgo alrededor del estrecho de Ormuz recordaron a todos que tener grandes reservas no equivale a tener suministro disponible.
El gas venezolano no apareció de repente en 2026. Lo que realmente cambió fue toda la situación global a su alrededor.
Trinidad necesita esas moléculas de gas. Atlantic LNG ya está construida. Shell y BP ya controlan una parte importante de esa infraestructura. Washington está abriendo el espacio legal para que los proyectos avancen. El capital de Emiratos y Qatar está dispuesto a compartir incluso participaciones iguales. La energía firme adquiere cada día más valor político, industrial y estratégico.
Todo ese contexto coloca a Venezuela en una mejor posición, al menos de forma circunstancial.
Una advertencia, no una celebración
Lo ocurrido con Aphrodite también deja una advertencia para cualquiera tentado a convertir esto en una historia de “Venezuela volvió”. Shell acaba de demostrar que está dispuesta a detener un proyecto en la región cuando las condiciones no le convencen. Quien quiera invertir en Venezuela no aceptará cualquier condición simplemente porque el país posee grandes reservas.
El proyecto Loran necesita algo mucho más complicado. Necesita que Washington, Caracas, Trinidad, NGC, Shell, BP, XRG, UCC y una larga cadena de bancos, proveedores y contratistas encuentren un espacio imperfecto donde sus intereses puedan alinearse a largo plazo. Nadie tiene que confiar plenamente en los demás. Pero cada pieza tiene que encajar para que el motor finalmente arranque.
Ese motor puede golpear y fallar al principio. Puede funcionar de manera desigual y beneficiar primero a quienes controlan los nodos más valiosos. Pero hay que empezar en algún lugar.
La oportunidad no es que el país haya dejado de verse como de alto riesgo. Es que, dentro del sistema energético global de 2026, esperar el momento perfecto puede convertirse en un riesgo mucho mayor.